Abro temprano. Huele a tierra húmeda y a madera fresca. Paso entre las mesas y reviso lo de todos los años: crisantemos —blanco, rosa, amarillo, fucsia y tricolor—, bien regados, a la vista y listos para salir.
Estos días, con el Día de Todos los Santos a la vuelta de la esquina, vuelven muchas caras conocidas.
La puerta abre y cierra sin ruido. Un “buenos días”, una mirada, y ya nos entendemos.
—¿Como siempre?
—Como siempre.
Hay quien entra, coge su maceta y se va con cuidado. Otros se quedan un minuto delante de la mesa, comparan tamaños, preguntan cuánto aguantan o cómo regar si refresca por la noche. Aquí lo importante es que luzcan y duren; para eso estamos.
A veces, además de la maceta, piden un ramo o un centro “para dejarlo bonito”. No tenemos catálogo cerrado: los hacemos a nuestra manera con rosas, anturio, lirio ‘stargazer’ y ‘casablanca’, pompones, margaritas, paniculata y verdes. Se encargan con antelación y se recogen el día acordado. Para Todos los Santos, mejor pedirlo con tiempo: queda preparado a tu nombre y solo es llegar y llevar.
Desde este lado aprendes a fijarte en lo sencillo: una mano que duda, una sonrisa breve, una pausa que pide consejo sin decirlo. Si hace falta, orientamos sobre tamaños, combinaciones y riego. Sin prisas, con cariño, como se han hecho siempre estas cosas.
Cuando preparo un arreglo, la mesa queda limpia: tijeras, cuerda, papel y agua. La flor se coloca para que respire y dure; el papel sujeta sin apretar; el lazo queda firme y discreto. Al entregar, se nota que no es una compra más: muchos van directos al cementerio o a casa de la familia. Aquí empieza el recorrido; lo importante viene después.
Me gusta cuando alguien se despide con un “hasta el año que viene”. Es una frase sencilla que guarda costumbre y cuidado. Luego, la tienda vuelve a su ritmo: pasos cortos, papeles que crujen, etiquetas con nombres, la puerta que va y viene.
Al atardecer, recoloco la mesa. Falta alguna fila, otra se ha afinado; queda lo justo para mañana. Pienso en quien vendrá temprano “por si acaso”, en quien llega siempre a última hora, en quien repite el mismo recorrido cada 1 de noviembre sin proponérselo. Hay cosas que nos sostienen y no necesitan muchas palabras.
Cierro cuando refresca. Apago las luces despacio. Me llevo en la cabeza tres o cuatro gestos que no se cuentan: un “gracias” bajito, una mirada conocida, la forma de sujetar la planta con cuidado. Mañana abriré otra vez. Estará la mesa, estarán los crisantemos —blanco, rosa, amarillo, fucsia y tricolor— y estaremos nosotros, a lo nuestro: preparar bien lo de Todos los Santos y cuidar lo que vuelve.
Si necesitas un ramo o un centro, encárgalo con un poco de antelación y lo tendremos listo el día que nos digas, a tu nombre, como cada año.